Gauchito Gil

Editorial El Colectivo - 2008

 

Antonio Mamerto Gil Núñez, el Gauchito Gil, cabalgó por estas tierras y tomó nuestro vino. Fue tan humano como cualquiera de nosotros, pero al morir se volvió santo. No por gracia de alguna iglesia, sino por obra de sus paisanos, gente sencilla y devota que lo erigió como hacedor de favores. No hay una versión definitiva sobre su vida y su muerte: cada creyente construye el Gauchito que necesita. Su historia es la proyección hacia atrás de nuestros propios anhelos.

Nació en 1847 en la provincia de Corrientes, cerca del río Pay Ubre. Lo bautizaron Antonio Mamerto Gil Núñez. Estaba destinado a ser peón rural, pero antes de cumplir 20 dejó las faenas del campo para ir a la guerra contra el Paraguay. No tenía otra opción. En su época, las grandes estancias se conseguían con favores políticos, y esas riquezas se pagaban con la vida de gauchos obligados a pelear en nombre de sus patrones. Antonio se convirtió en uno de esos tantos que combatían a caballo, armados con una caña de tacuara y un pedazo de hierro atado en la punta. Dicen que era un soldado querido por sus iguales y temido por sus enemigos.

Después de la guerra quiso retomar la rutina: ser hijo, campesino y amante. Pero en Corrientes seguían los conflictos internos. Antonio fue vuelto a convocar para combatir bajo el mando de caudillos locales. Otra vez le tocaría matar y morir por banderas que no eran suyas. Algo lo detuvo. La noche en la que debía presentarse ante la tropa soñó que Ñandeyará, el dueño de los hombres, le ordenaba “no derramar sangre de sus hermanos”. Al despertar, ni pensó en desobedecer. Había sido un combatiente bravo; ahora sería un gaucho alzado, con un único y nuevo destino: escapar de la ley.

Gauchito Gil, de Sebastian Hacher by Sebastián Hacher